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Empoderar a los profesionales para impulsar la innovación con intraemprendimiento

 

 

DAVID PASCUAL
 
27 AGO. 2018
 
 
 
 
El impacto de la transformación digital en cada sociedad, industria y sector se está canalizando en la práctica de forma diversa. / Studio Republic / Unsplash

En la era del conocimiento en la que vivimos, el progreso tecnológico y científico configura un nuevo medio social y empresarial en el que ocupan un lugar central la tecnología y la innovación.

Para adaptarse a este nuevo contexto, un período de cambios vertiginosos y turbulencias, no existen fórmulas mágicas ni generales, ni soluciones predeterminadas que garanticen el éxito e incluso, la supervivencia a las empresas. El impacto de la transformación digital en cada sociedad, industria y sector está siendo diferente y se está canalizando en la práctica de forma diversa.

Lo que sí es necesario para todas las compañías es enfocar estratégicamente sus inversiones y adoptar decisiones ya, para adelantarse y tomar una ventaja que les permita competir en el futuro.

Para ello, es clave plantearse algunas preguntas:

- ¿Qué modelo y visión vamos a perseguir para nuestra empresa?

- ¿Qué ámbitos son prioritarios?

- ¿Con qué partners voy a colaborar?

Tratándose esto de una reflexión interna, puede parecer sorprendente considerar esta última pregunta vital, pero debemos ser conscientes de que en el entorno actual ninguna compañía por sí sola puede dar respuesta a los grandes retos y necesidades de nuestra sociedad.

Es necesario y fundamental, en este sentido, el desarrollo de modelos de innovación abierta basados en la colaboración y la cocreación, la generación y el desarrollo conjunto con otros miembros del ecosistema de soluciones innovadoras diferenciales. Estas soluciones singulares son las que podrán llevarnos al éxito en este momento de transformación digital y nos permitirán ocupar posiciones competitivas únicas y no imitables.

Así pues, en el entorno actual, la clave está en la capacidad de cultivar un modelo basado en la innovación y la cooperación con todos los agentes del ecosistema de manera efectiva, para poder ofrecer a los clientes una propuesta de valor única y diferencial, que combine las mejores capacidades y esté en evolución constante.

En ese modelo basado en la cooperación, las empresas debemos buscar la innovación allá donde se genere: externamente, pero también internamente, movilizando todo el talento de la organización mediante el intraemprendimiento.

Intraemprendimiento

Aunque parezca obvio, muchas veces no se tiene en cuenta que gran parte de la capacidad de una organización para adaptarse a los nuevos tiempos y retos reside, sencillamente, en el empoderamiento de sus miembros para el cambio.

La libertad y capacidad de los profesionales para emprender nuevos proyectos y líneas de acción o de negocio en el seno de cualquier organización constituye la primera clave para transformarla internamente y también para poder aplicar y sacar partido externamente a las nuevas iniciativas.

Además, existe una relación directa entre intraemprendimiento e innovación, ya que todas las propuestas que se llevan a cabo fruto del intraemprendimiento son altamente innovadoras, pues de lo contrario la propia organización las desestimaría.

El facilitar y promover que todos los profesionales de una empresa puedan ser partícipes del proceso de innovación, también permite que el intraemprendimiento sea una herramienta para el cambio cultural en las organizaciones. No sólo promueve una cultura más innovadora, sino que contribuye a retener y a motivar a los profesionales y a mejorar la percepción y el interés de las nuevas generaciones, al avanzar hacia una organización más líquida y menos jerárquica y mostrarse como una empresa ágil y flexible donde todos pueden contribuir, independientemente de su rol, ubicación geográfica y área de desempeño.

Iniciativas vitales para el sector tecnológico

Aunque la necesidad de impulsar el intraemprendimiento es necesaria en todos los ámbitos, sin duda es vital para las empresas del sector tecnológico, que vive un dinamismo sin precedentes.

Hay numerosas iniciativas que pueden fomentar la participación y colaboración de los profesionales en el proceso de innovación de estas compañías. Desde las convocatorias abiertas a todos los trabajadores para que puedan proponer sus ideas más disruptivas hasta la creación de comunidades que aglutinen y motiven a los profesionales más innovadores y proactivos para que puedan compartir sus experiencias e inquietudes.

La organización de meetups, encuentros con personas relevantes del ecosistema innovador y/o startups especialmente disruptivas; hack days para proponer soluciones a retos tecnológicos y de innovación de diferentes sectores; y eventos asociados a la innovación como Lego Serious Play, yinkanas, gamificación, innovations beers, etc. pueden ser otras opciones.

Como se ha comentado anteriormente, en el intraemprendimiento cada empresa debe adecuarse a su contexto, cultura organizativa y estrategia. Pero, sin duda, es bueno para todas las organizaciones animarse a poner en marcha iniciativas de intraemprendimiento para maximizar su valor y movilizar todo el talento disponible para definir nuevas iniciativas innovadoras que configuren su futuro.

No debemos olvidar que las personas son el elemento clave de la innovación y las que permiten a una compañía diferenciarse de sus competidores.

David Pascual, miembro del Foro de Empresas Innovadoras (FEI) y responsable de Indraventures

+LA RAZÓN

¿Cómo debe reformarse nuestro modelo de I+D?

Frente al enfoque europeo, la agencia de EE UU DARPA ha generado sorpresas como internet

¿Cómo debe reformarse nuestro modelo de I+D?

La Unión Europea ha decidido que el motor de su próximo programa marco de I+D+i Horizon Europe serán las Misiones, mientras que, en el programa actual Horizon 2020 (H2020), lo son los Retos Sociales. Al analizar críticamente el desarrollo de H2020, se ha llegado a la conclusión de que los temas elegidos fueron demasiado generales o ambiguos, por lo que los ciudadanos no han sido capaces de apreciar las contribuciones científico-tecnológicas que el programa ha hecho y sigue haciendo para ayudar a resolver dichos retos sociales.

Por eso, después de diversas recomendaciones plasmadas en el informe Mazzucato (Mission-Oriented Research & Innovation in the European Union: MISSIONS, A problem-solving approach to fuel innovation-led growth) publicado en febrero de este año, la UE abrió una consulta ciudadana sobre cuáles podrían ser esas misiones.

Mariana Mazzucato utiliza el programa Apollo y el famoso discurso de John Kennedy en 1961 (“poner un hombre en la Luna y traerlo de vuelta a salvo a la Tierra antes de acabar la década”) como ejemplo de lo que puede ser una misión. Se dice que esa misión ilusionó a la ciudadanía de Estados Unidos y movilizó a muchos más sectores que el puramente aeroespacial. Ahora en Europa se mencionan como posibles misiones la reducción de plásticos en los océanos, la reducción del impacto de la demencia o la “descarbonización” de 100 ciudades europeas.

Se dice que las misiones deben ser pocas, socialmente relevantes (inspiradoras), con resultados medibles, con acciones de I+D ambiciosas pero realistas, involucrando a múltiples disciplinas y sectores y promoviendo múltiples soluciones desde la base. Lo que no se dice es que las misiones pueden fallar y, si hay algo que caracteriza al I+D es el riesgo: puede fallar. ¿Y qué pasa si fallan algunas de las pocas grandes misiones que finalmente se seleccionen en Horizon Europe? ¿No sería eso mucho peor –desde el punto de vista de la opinión ciudadana– que la falta de aprecio sobre los resultados de H2020?

Supongamos que, a nivel europeo y más aún a nivel español, nos planteamos cómo reaccionar para dar el salto en innovación que nos hace falta para ocupar el lugar que nos correspondería internacionalmente dado nuestro nivel de desarrollo científico, y volvamos al ejemplo del Apollo, situándonos unos años antes del discurso de Kennedy.

En 1957 la Unión Soviética lanzó el Sputnik-1, pillando por sorpresa a los Estados Unidos, que reaccionaron creando un organismo cuya misión fuera precisamente la de “dar sorpresas” a través de la innovación: así nació en 1958 la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa DARPA. Realmente la DARPA ha dado algunas sorpresas en sus 60 años de existencia: internet, el GPS, los drones y los MEMS (micro electromechanical systems) usados en airbags, impresoras o la consola Wii, son algunas de ellas.

El modelo DARPA no es lanzar grandes retos con inversiones multimillonarias, sino concentrarse en problemas concretos, difíciles por su naturaleza, pero resolubles en plazos cortos (típicamente 3 años) aunque no de forma trivial. DARPA convoca para su resolución a los mejores especialistas tanto del mundo académico como del empresarial, incentivándoles a colaborar, no permanentemente, sino en la solución del problema.

Hay otras dos características más en ese modelo: por una parte, los desarrollos funcionan como proyectos orientados a un resultado (burocracia mínima), con hitos claros que permiten redefinirlos e incluso cancelarlos. Por otra, los gestores de la DARPA tienen un perfil muy particular por ser temporales (uno o varios proyectos), tener una sólida formación científico-tecnológica (muchos son doctores) que además se complete con una muy concreta experiencia práctica al haber montado una start-up, haber puesto un producto en el mercado o haber dirigido exitosamente un departamento en una universidad.

¿Es DARPA una Agencia de Investigación (como nuestra AEI) o una Agencia de Innovación (como nuestro CDTI)? Pues ni una ni otra, o mejor, las dos juntas. Porque sin haberlo formulado explícitamente DARPA ni unas décadas después Silicon Valley, ambos demostraron que el modelo lineal de innovación no es el más adecuado hoy en día para tratar estos asuntos. Ese modelo es el que define que la investigación básica se realiza fundamentalmente en la academia (en el sentido anglosajón del término), la investigación aplicada o desarrollo en centros tecnológicos y algunas empresas, y la innovación de productos o procesos fundamentalmente en la industria.

Ya en 1997 Donald Stokes propuso otros modelos basados en cómo se realizan las innovaciones en la vida real y los resumió en tres cuadrantes: Bohr, Edison y Pasteur. Cuando en el proceso domina el interés por avanzar en el conocimiento científico sin preocuparse de la utilidad inmediata del mismo, estamos en el cuadrante de Bohr (que desarrolló la teoría atómica sin preocuparse de si servía para algo o no).

Cuando lo predominante es la utilidad práctica con poca atención al desarrollo del conocimiento, estamos en el cuadrante de Edison (que probó muchísimos materiales hasta encontrar el que no se quemaba en su bombilla incandescente). Cuando se busca resolver problemas prácticos (luchar contra la tuberculosis, el ántrax o la rabia o que la leche no se estropee) “tirando” del conocimiento científico y haciéndolo avanzar para resolver esos problemas, estamos en el cuadrante de Pasteur (que sentó las bases de la Microbiología desde su interés en esos problemas prácticos). El programa Apollo, el desarrollo del iPhone de Apple y muchos de los desarrollos de Silicon Valley o la DARPA, caen dentro del cuadrante de Pasteur.

Si, como ha dicho nuestro nuevo ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, debemos aspirar a situar a España en el pelotón de cabeza en innovación en Europa (lo mismo a lo que aspira Europa a nivel mundial), podríamos empezar a cuestionar el modelo lineal y probar, a través de proyectos piloto ambiciosos pero no muy grandes (algunos fallarán) si nosotros podríamos tener algo como la DARPA que busque a los mejores en el mundo académico e industrial y los incentive a colaborar para resolver problemas concretos en tiempo breve, sin olvidar su propia organización de gestión científicamente sólida y orientada a obtener resultados prácticos (y no entregables contractuales sin mucho valor añadido). Si funcionase, hasta lo podríamos exportar a Europa, que también lo necesita.

Vicente Gómez Molinero es Secretario General de la Plataforma Tecnológica Aeroespacial Española PAE y miembro del Foro de Empresas Innovador

+CINCO DÍAS

Un país que no impulsa su ciencia y su tecnología está abocado al retroceso y a la crisis. / Valentin Lacoste / Unsplash

La I+D+I es un proceso complejo que articula la investigación científica, el desarrollo tecnológico y la Innovación. Como consecuencia, la innovación puede favorecer la productividad y la competitividad de las empresas, la calidad en el empleo y de forma directa, puede mejorar muchos aspectos de nuestra sociedad.

La base de todo es la investigación científica, investigar produce conocimiento y certeza sobre los fenómenos de la realidad y las circunstancias que nos rodean. La filosofía nos facilita el conocimiento y las humanidades han centrado el mismo en torno al ser humano y nuestra condición en el cosmos, siendo el método científico una herramienta valiosísima para proporcionarnos certidumbre sobre nuestro entorno y nuestras decisiones, tanto personales como políticas y empresariales.

No se me ocurre ningún desarrollo tecnológico que no esté basado en el conocimiento cierto que proporciona la ciencia. Toda tecnología tiene unos principios científicos que la posibilitan y la hacen válida, demostrando además su utilidad. Por el contrario, una innovación, que es hacer las cosas de una forma diferente, nueva y si es posible mejor, no tiene por qué basarse necesariamente en un desarrollo tecnológico, aunque es cierto que las nuevas tecnologías facilitan en gran medida la innovación y en muchos casos, beneficios económicos y sociales.

La experiencia  ha demostrado con creces que la innovación, ya sea tecnológica o no, puede aumentar la productividad y la competitividad, particularmente de las empresas. En el caso de la sociedad, hablamos de progreso, y en el caso de las empresas, si no son competitivas, simplemente corren el riesgo de desaparecer.

Un país que no impulsa su ciencia y su tecnología está abocado al retroceso y a la crisis

De todo lo anterior debería deducirse la importancia de prestar atención a la I+D+I y proporcionarle todos los recursos necesarios. Un país que no impulsa su ciencia y su tecnología está abocado al retroceso y a la crisis. Lo mismo se aplica a la innovación, a hacer las cosas de forma distinta y mejor. El mundo en que vivimos está sufriendo cambios vertiginosos que no solo reafirman lo anterior, sino que hacen necesarios nuevos planteamientos y consideraciones al respecto.

Estamos en un proceso de globalización con un mundo cada vez más interconectado. A pesar de las rivalidades y de algunos egos personales, la investigación científica también se realiza en forma de red, con grandes grupos interconectados, (casualmente, Internet se inventó para esto). Investigadores solitarios o grupúsculos aislados tienen muy pocas posibilidades de obtener resultados científicos relevantes. Lo mismo sucede con los desarrollos tecnológicos, generalmente son grandes grupos los que validan las tecnologías, las normalizan y las hacen llegar a los mercados. Por regla general, cuando una startup desarrolla una nueva tecnología, rápidamente es absorbida por una empresa mucho mayor, que amplifica su explotación comercial.

En estas circunstancias, la internacionalización es imprescindible tanto para la investigación científica como para el desarrollo tecnológico. Los equipos de investigadores solo pueden avanzar eficazmente si están conectados o coordinados con otros, situados en las fronteras del conocimiento. Es necesaria una vigilancia tecnológica global que asegure la competitividad y la demanda de las tecnologías que se desarrollan. Para las empresas, la internacionalización es clave ya que permite y facilita su acceso a nuevos nichos de mercado.

El tamaño es importante

Siempre se dice que una de las lacras de la economía productiva española es el reducido tamaño de sus empresas. Estadísticamente, las empresas españolas son significativamente más pequeñas que sus homólogas europeas. Más aún, la proporción de empresas pequeñas y medianas es altísimo en el conjunto, por no hablar de las microempresas, numerosísimas y de tamaño minúsculo. Algo similar sucede con los equipos investigadores, con figuras individuales relevantes, muchas de ellas en el extranjero.

¿Pero, qué ventajas o inconvenientes tiene el tamaño de una empresa? ¿Es mejor o peor ser pequeña o grande? Las pequeñas empresas tienen ventajas evidentes en cuanto a flexibilidad, capacidad de adaptación y agilidad, sobre todo en el proceso de toma de decisiones. Una empresa pequeña, con una estructura horizontal y contacto personal directo entre sus miembros, permite una reacción muy rápida ante las oportunidades.

Sin embargo, las ventajas de las empresas grandes son evidentes. Una está relacionada con un milagro que los economistas conocemos bien: las economías de escala. Es obvio que, al diluir costes fijos, los costes generales disminuyen. Aunque el tamaño grande pueda restar agilidad, también genera estabilidad y visibilidad, acompañadas de un supuesto menor riesgo. Hay aspectos importantes relacionados con el tamaño, por ejemplo, supone una mayor disponibilidad de recursos y resulta bastante inverosímil que una empresa pequeña tenga un gran departamento de I+D+I, o de internacionalización con personal preparado y especializado en diferentes mercados.

Las empresas crecen y se desarrollan

Por lo tanto, es preferible tener empresas grandes, que generan más empleo y más estabilidad. Pero las empresas rara vez nacen grandes, suelen crearse pequeñas e ir desarrollándose y creciendo. Las empresas sufren barreras de crecimiento que en ocasiones son muy difíciles de superar. Hay un “techo de cristal” que impide su desarrollo, una de sus causas es la perdida de ayudas fiscales u otras como obligaciones y requisitos sindicales. Esto favorece una 'zona de confort' que impide el crecimiento. Otras barreras incluyen la dificultad de gestión y la necesidad de desarrollar protocolos con una mayor burocracia.

Hay otros límites al crecimiento que van desde los recursos materiales, financieros y de talento personal hasta, sobre todo, el tamaño del mercado. Por eso son tan importantes las actividades que hemos mencionado anteriormente, la I+D+I que permite desarrollar nuevos productos y servicios, y la Internacionalización, que permite acceder a nuevos nichos de mercado en un mundo global. Ambas son, por tanto, herramientas esenciales para el crecimiento y todos, I+D+I, internacionalización y tamaño, están interrelacionados.

¿Entonces, las empresas y los grupos de investigación y desarrollo pequeños no tienen futuro, no pueden competir y están destinados a desaparecer? Nada de eso, los cambios que se están dando hoy en día permiten otras estrategias de crecimiento y supervivencia que pasan por colaborar con empresas pequeñas y grandes, aunque en este último caso, aunque gestionar partenariados con socios que tienen una diferencia de tamaño muy grande, pueden suponer posiciones de debilidad y situaciones de abuso y el apoyo institucional es casi siempre imprescindible.

En definitiva, se trata de facilitar el crecimiento de las empresas con toda clase de herramientas e incentivos que tendrán un impacto en la fortaleza de la economía y en la creación de empleo estable. Por eso, las políticas de fomento de la I+D+I y las de internacionalización son esenciales para un país que pretende crecer y mantener una economía sana en un escenario global.Un país que no invierte en ciencia y tecnología y un país que no abre sus fronteras a los mercados exteriores están abocado al retroceso y a la crisis económica permanente.

José Manuel Jimenez, miembro del Foro de Empresas Innovadoras y economista de empresa

+LA RAZÓN (INNOVADORES)

 

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Innovar en tiempos de cólera

José Molero
Publicada el 26/06/2018 a las 06:00

La convulsa situación política e institucional por la que estamos atravesando tiene, entre otros riesgos, el que dejemos de preocuparnos por los temas estructurales y de largo plazo, que son clave para el futuro de nuestro país. Son, parafraseando al escritor, "tiempos del cólera" que nos pueden llevar a un desánimo y desafección profundos.
Sin embargo, en nuestra opinión, es precisamente ahora cuando deben traerse a colación dichos temas, prestando particular énfasis, por ser absolutamente crítico, al papel que juegan la ciencia, la tecnología y la innovación en nuestra economía y sociedad. El inesperado y rápido cambio de gobierno es una ocasión que "la pintan calva" para acometerlos y no deberíamos desaprovecharla.

Desde el Foro de Empresas Innovadoras (FEI) venimos insistiendo en que la nueva economía a que aspiramos debe fundamentarse especialmente en la relación entre innovación, productividad y competitividad. Se trata de un elemento básico para que la estructura económica (y no solo la coyuntura) sea más eficiente y robusta, capaz de resistir los impactos de futuras crisis en mejores condiciones que en las de los últimos años.

 

El anterior Gobierno prestó escasa atención a este asunto, a pesar de la insistencia que sobre la gravedad de la situación veníamos haciendo fuerzas sociales e instituciones de todo tipo. Este juicio se basa en hechos totalmente objetivos, citándose a continuación algunos de ellos.

 

Se produjo una fortísima reducción del presupuesto para I+D+i dentro de los Presupuestos Generales del Estado. Así, se pasó de los más de 9.600 millones euros en 2009 a poco más de 6.500 millones en 2017, lo que supuso una reducción de una tercera parte, y ello sin tener en cuenta el efecto de la inflación que naturalmente reduce la capacidad de compra. Esta reducción no fue solo debida a la crisis, porque el descenso de la partida de I+D+i fue mayor que la que tuvo lugar para el conjunto de los presupuestos, resultando que mientras que la I+D+i era entorno al 3% del total de los presupuestos hace una década, hoy no llega ni al 2%. Además, y por si cupiera alguna duda sobre el nivel del desaguisado, España ha sido uno de los escasos países de la OCDE que han llevado a cabo tamaña reducción presupuestaria.

 

Otro dato también muy preocupante es el de la falta de ejecución de los presupuestos aprobados, que no ha hecho sino crecer en este último periodo. En efecto, en 2009, las obligaciones de gasto reconocidas, es decir su ejecución, supusieron entorno al 70% de lo aprobado y fueron descendiendo de manera constante hasta apenas alcanzar el 30% en 2017, lo que ha supuesto que incluso la UE haya hecho una advertencia pública sobre el particular.

 

De forma descarnada, las obligaciones reconocidas han descendido un 70% en los últimos años, de manera que en 2017 tan solo llegaron nuevos recursos al sistema por un valor entorno a los 2.000 millones de euros. Detrás de ello se encuentra como factor destacado el desproporcionado peso que tienen  los recursos financieros, es decir los créditos, sobre los recursos no financieros, o sea las subvenciones, lo cual es particularmente grave si se tiene en cuenta que las instituciones públicas (más de la mitad del sistema español de I+D) no pueden financiarse con créditos y que muchas empresas (singularmente las más pequeñas) no acuden a los mismos por razones tanto de los mecanismos de concesión como de su propia situación financiero-patrimonial.


Este comportamiento "pro cíclico" de los presupuestos es una de las causas, aunque no la única, que explican por qué todos los indicadores disponibles muestran un retroceso de la situación española en el plano internacional. Así, en efecto, el gasto en I+D sobre el PIB ha pasado de cerca de 1,4% a menos del 1,2 % en los años más recientes, mientras que el número de empresas innovadoras ha descendido considerablemente, trayendo aparejada también una caída de los gastos en innovación. Además, todos estos retrocesos han sido aún mas graves de lo que las propias cifras nos dicen, si tenemos en cuenta que ya partíamos de niveles realmente mediocres a nivel de la UE y la OCDE.


Algunas voces desprecian estos datos porque la macroeconomía ha mejorado, en parte debido a las exportaciones. Esto es cierto, pero se oculta que esas mejoras en gran medida se han debido a las rebajas salariales y han venido acompañadas de empeoramientos sustanciales de las condiciones laborales; el papel de la construcción y el turismo en la recuperación es muestra de ello. El cóctel se completa con unas condiciones de contorno muy favorables, como era el bajo precio el petróleo, los tipos de interés muy bajos –en ocasiones negativos- y los graves problemas de nuestros competidores turísticos del mediterráneo.


Los retos que se desprenden del desarrollo de la industria 4.0 no hacen sino añadir más argumentos a favor de la imposibilidad de dar un impulso nuevo y radical a nuestras políticas relacionadas con la ciencia, la tecnología y la innovación. Para ello, se pide, en primer lugar, que éstas ocupen un lugar destacado en la agenda política y, en segundo lugar, que se disponga de un diseño institucional que muestre ese nuevo papel, sea mediante la creación de un ministerio ad hoc o se establezcan otros mecanismos o estructuras análogas.


Paralelamente debería hacerse el máximo esfuerzo posible para incrementar los recursos públicos destinados a la I+D+i. Pretender en estos momentos de mudanza un incremento de los presupuestos del 2018 no parece realista, pero se nos ocurre una forma sencilla de incrementar en términos prácticos los recursos dirigidos a los actores de la innovación, y esta no es mas que la mejora en la gestión de dichos presupuestos. A modo de ejemplo, un ejercicio simple nos dice que si se lograse reducir significativamente la anteriormente citada falta de  ejecución (v.g. pasar del 70% de 2017 al 30% en 2018), supondría de hecho disponer de cerca de 2.000 millones de euros adicionales para inyectar en el sistema nacional de I+D+i).


Habría muchos más temas que debatir pero los dejamos para futuras aportaciones del FEI. Las ideas aquí expuestas tienen el carácter de urgencia que requiere la nueva situación política; en este caso, en tiempo de tribulaciones creemos que sí hay que hacer mudanza.
 

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José Molero es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid y presidente del Foro de Empresas Innovadoras.

 

 

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